La “Due Sei”

“Hubo de todo en el romance aquel…” Belisario Roldán.

En realidad, más que de la Due Sei, inconscientemente debo estar escribiendo y recordando a mi 2600 o tal vez, a la 2600, ya que dudo que exista otras por estos lares. Pocas llegaron y varias se destruyeron en las carreras o, más ignominiosamente en desarmaderos ávidos de su aluminio. Pero lo cierto es que uno de los pocos sobrevivientes vino a parar a mis manos, luego de la lucha afanosa que describiré, y lo que es peor, pretendo que algún día vuelva a mi garage.

El enamoramiento, la locura, comenzó apenas vi el auto, para un Gran Premio de Turismo. Pasada la patriada de Pepino Vianinni con las 10 Giuliettas TI que trajo para el Gran Premio del `60, y los posteriores arribos de las Giulias, alguien trajo dos 2600 SPRINT para correr un Gran Premio.

Los autos eran espectaculares para la época y para nuestro medio y se hablaba de promedios también espectaculares. Lo cierto fue que salvo alguna hazaña de Rolo de Alzaga (en el Pan de Azucar o la Mar y Sierras), la actuación del auto en nuestro medio estuvo signada por las constantes roturas y desperfectos que lo malograron. Hubo algún duelo significativo entre Andrea Vianini y Boeringher (éste con un Mercedes 300) donde casi gana Andrea, si no hubiera sido por la piña monumental que se pegó cuando ya estaba al llegar.


Pero luego las dos seis se esfumaron. Las corrieron pilotos de la talla de De Álzaga, Cabalén, Vianini, y Quevedo hasta desaparecer. Para mi me quedó el recuerdo de un auto singular, suntuoso (daba pena ver como los destruían corriendo), concebido como un verdadero Gran Turismo y a mi criterio, hecho como debe ser: un gran capot lleno de motor delantero, donde no se podía meter ni un destornillador, y carburadores, muchos carburadores para alimentar a la bestia. Resabios todos de un mundo en el cual la OPEP todavía no había preocupado a nadie (simplemente porque la OPEP tampoco existía).

A pesar que como sabemos, muy pocos ejemplares habían llegado a la Argentina, yo mantenía la secreta esperanza de algún día encontrar una unidad (“sana” como diría nuestro querido Willy Mártire). Pero pasaron los años y jamás vi uno. Pues bien, hete aquí que por el año 74 yo era propietario de una Giulietta TI, modelo 61 – mi único auto – que era una verdadera joyita y que transportó al suscripto y familia durante años y en verdaderos raids, sin el menor problema. Sin embargo, un día nefasto, y en pleno centro me quedé sin embrague, lo que obviamente me obligó a dejar el auto en el taller y por dos o tres días viajar en tren. Amén de sentirme lumpen, el tren me aburría bastante de modo que compraba alguna revista para mitigar tan embolante trayecto.


Hasta que llegó el día fatal en que para no aburrirme hice dos cosas que no hago nunca: 1) compré La Razón; 2) me puse a leer los clasificados. ¡Para qué! El tren apenas había salido de Retiro y leo: “vendo Alfa 2600” y una dirección en Olivos. No lo podía creer. Primero porque en La Razón simplemente no se publican avisos de automóviles en venta (estoy hablando de 1974), segundo porque dudaba si no se trataría de un error tipográfico del diario, ya que por entonces había varias Giulias 1600, tercero porque me quedaba de paso. Inmediatamente comenzó una cacería – persecución que recién fructificó 6 años después, cuando dispuse de los medios, y el propietario le puso precio razonable al auto.

Pero vuelvo a lo anterior. Leí la noticia de la venta varias veces y apenas llegado a Olivos me fui a la dirección indicada. Me atendió un señor cortés con aspecto de “playboy – maduro – hombre de negocios – financista – dueño de una torta infernal”, pero que no me pareció posible que fuera el dueño de una 2600. Se desarrolló a continuación el siguiente diálogo: (yo) “vengo por el aviso”, (él) “¿qué aviso?” (yo) “el del Alfa 2600” (él) “¿salió?” (yo) “si” (él) “el auto está en otro lugar (que me indicó), venga a verme mañana”. Fin del diálogo. Yo no entendía nada, ya que me parecía una barbaridad que ni siquiera supiera de la publicación del anuncio; pero así era y los hechos posteriores me ratificaron que mucho no sabía sobre el paradero y suerte del auto. Bien, al día siguiente, acompañado de un cuñado mío, fuimos al lugar mencionado por este señor (con quien nos encontramos al efecto) y resultó ser una enorme playa de estacionamiento, en la cual y en estado total de abandono HABÍA UNA 2600 BLANCA.
Casi muero de la emoción. Primera impresión: el auto es grande, más grande de lo que me imaginaba; segunda: está completo, no le falta ni un escudo, ni una insignia, no tiene ni un plástico roto; tercera: a una invitación del señor – vendedor trato de ponerlo en marcha, con prevención del playero que el auto no iba a arrancar.

No fue así: arrancó; puse primera para dar una vuelta y salí arando, dejando tras de mi una nube de pedregullo y tierra que casi lapidan a mi cuñado y al vendedor. Regresé azorado: andaba todo, no solo lo mecánico sino todos los servicios auxiliares (que eran como mil); levanta vidrios eléctrico, desempañadores delantero y traseros, luces de cortesía, etc. etc.
No lo podía creer. El estado de la chapa y la pintura era lo más preocupante, dado que los añares de intemperie y el hecho que el señor le prestara el auto a sus sucesivas novias (sic) hacían necesario un trabajo a full, pero aún conservaba un excelente tapizado de cuero negro, y el tablero de madera, en el cual funcionaban todos los instrumentos de agujas, las luces testigo, en fin, todo. Me vine loco, me vine (como diría Minguito) y llegamos al tema básico, central: el precio. Este vil aspecto vino a entorpecer la cuestión desde el vamos, y la siguió entorpeciendo durante los seis (casi siete) años siguientes.
En efecto la suma pretendida equivalía por lo menos a tres Giuliettas y unos dos mil dólares más, para redondear. Eso si, se me aclaró que la mía se podía tomar en parte de pago. Literalmente huí del lugar, ya que estaba a años luz de “la operación”. Pero no cejé. Durante meses – que como he dicho se transformaron en años – continué llamando al señor, quien invariablemente me ratificaba efectivamente aún no había vendido el auto. (A esta altura debo confesar que el aviso no lo leyó nadie más que yo, por lo que el dueño me dijo, y que nunca más, desde el solitario e insólito anuncio en La Razón , volvió a ofertar el auto en venta).
Prosigo. A fines de 1979, dólar barato mediante, vuelvo a llamar y paso por la oficina del dueño, quien ( a la postre, creo, estaba embolándose de este maniático) sin decir agua va me entrega las llaves del auto, me sugiere que lo pruebe el fin de semana, y que luego le ponga precio. Con la mano medio temblequeando pongo contacto, se enciende la bomba eléctrica, comienza a alimentarse la bestia y muy despacito arranco. Lugar: cerca del departamento de Policía a las 20 horas, es decir pleno centro y de noche; ideal para salir con un auto cuyas reacciones uno no conoce.

Pero asombrosamente, la bestia es de una mansedumbre total; salvo pisándola fuerte, se puede transitar por pleno centro, en quinta a 2000 vueltas , sin tironeos ni pistoneos. Frena como la gran siete y es silenciosa (años más tarde Mario Ponisio, una vez que íbamos para la vieja sede del Club sentenció: “parece un Mercedes”. Definición perfecta). En suma: me encuentro que he llegado a la costanera, que voy a 100 – 120 km y feliz, manejando un auténtico Gran Turismo. Cada tanto relojeo el instrumental: la temperatura de aceite y agua bien, la presión de aceite: inexistente. Miro hacia atrás y no veo humo, pero como era de noche tampoco era mucho lo que se podía ver.

Llego a mi casa, enloquecido, borracho de gozo, mis hijos felices ante el auto, Teresa mirando alternativamente al auto y al suscripto con cara de preguntar “¿y esa era la joya?”. ¡¡¡Si, esta es la joya diseñada por Giorgetto Giugiaro (mientras se desempeñaba en Bertone) y será mía!!!. Y lo fue. Mango mas o menos la compré y el señor tuvo la deferencia de llamarme, como dos meses más tarde para decirme que en una de sus fábricas (sic) había encontrado repuestos y que los podía pasar a buscar. Viaje hasta lo del señor, apertura del baúl y comienza la carga: palieres nuevos (hasta con las tuercas), pastillas de freno, bomba de aceite, dos llantas, luces de posición completas, y mil cosas más. El Alfa, a medida que lo cargaba se empezaba a levantar de trompa. Cuando salimos parecía un Unimog, y yo nuevamente ebrio a atesorar las joyas en el entrepiso de mi garage.

Si bien el auto era una basofia en su chapa, y especialmente en su pintura (por ejemplo, estaba todo fileteado en negro en los pasaruedas, en la en la toma del capot, etc), mantenía sin embargo esa prestancia de clase que lo distinguía del resto. Yo lo usaba, y lo usé hasta el final como un auto de uso diario, y la gente, aun maltrecho como estaba, lo miraba, y, en el caso de algún sonado, lo admiraba. Seguía sin presión de aceite pero no consumía más de un litro cada mil km, lo cual considerando la cilindrada y la antigüedad obvia de la planta motriz, era razonable. No fumaba y cada tanto le agregaba un aditivo, por lo que putas. En la primera de cambio comencé por lo más sencillo: chapa y pintura. Insumió una temporada considerable, pero allí si que quedó impecable. Tal vez el color no fue el más adecuado, ya que Bertone trabajaba sobre un bermellón y la 2,6 quedó medio clarita, pero recuperó la clase y el garbo. Willy Mártire había viajado a Italia (con el pretexto de “cubrir” no se qué cosa), y en AFRA me compró la “maschera centrale”, con lo cual la cupé quedó completa. Ahora si: lo miraban hasta los adoquines, y en las estaciones de servicio se producían las preguntas y comentarios del caso: a) los que entendían miraban la bestia de motor, los dos árboles, la batería de carburadores, los contrapesos del mando de estos, etc; b) los que no entendían un soto: ¿cuántos km da con veinte maestro? ¿le gasta mucho aceite? ¿ a cuánto anda?. En el caso de los giles siempre exageré las cifras como para dejarlos contentos: con 20 litros no da más de 60 km; el auto anda a 220 km/h, etc, etc.

Y lo seguía usando. Por ese entonces yo seguía a la caza de repuestos, aunque el tema más inquietante eran los neumáticos, ya que la medida ¡ay! era nefasta: 165 x 400 mm. Los delanteros estaban lisos y sinceramente ya se les veía el aire a través de los parches. De repente me llega un dato: en lo de Juan Diez puede ser que tengan. Fui y tenían dos Pirelli Cinturato Inverno nuevas. Regateo y al baúl, y del baúl a las llantas. Pero me faltaban las traseras, y siguiendo el consejo de mi padre pusimos un aviso en Segundamano. Resultado: aparece un ñato que tenía como veinte cubiertas (suecas, marca Trelleborg, nuevas; bah, nuevas en 1950), pero con Luis Magenta y Rafael García Dietze hicimos una vaca y las compramos todas.

Es entonces cuando este último me dice que un muchacho compró todos los repuestos que tenía Juan Angel Diez, y que habían sido de Vianini. Nuevo peregrinar, acompañado de Willy Mártire y el asombro: miles de repuestos de Alfa y una infinidad de repuestos y accesorios para la 2,6. Nuevamente “me vine loco” y compré todo. Lo trajeron en un Rastrojero: llantas Borrani de aluminio, camisas, aros, metales de varias medidas, filtros de aceite, radiador, tanque de nafta de carrera con su tapa quick-open, resortes de suspensión, faros carello, etc, etc. Una barbaridad de cosas que me permitieron vivir más tranquilo. Ocuparon todo el espacio útil del entrepiso del garage, ya que solo en llantas había 16. Y allí fue cuando comencé a pensar seriamente en la posibilidad de hacer el motor, ya que hacía como tres años que el auto andaba de un lado para otro (en ocasiones haciendo el pull del colegio; eso si: con un servidor al volante, ya que fuera del suscripto, nadie lo manejaba).

Y fue entonces cuando el von García Dietze me conecta con un tano de los de antes, que además tenía una 2,6 tirada y destruida en su taller: Marcelo Cavalli. Se trataba (y hablo lamentablemente en tiempo pasado porque falleció), de un auténtico fierrero, pero de fierros nobles: en su enorme taller descansaban la 2,6 mentada, un Jaguar Mk 10, un MG TC, y la Lancia Aurelia Berlina de su propiedad, ésta en estado impecable.

Hizo el motor. Tardó más que Miguel Angel en pintar la cúpula de la Sixtina, pero lo hizo. Y quedó bastante bien; no digo 10 puntos pero si 8. La presión subió a valores razonables, disminuyó el consumo, obviamente aumentó el rendimiento en aceleración y velocidad y, por sobre todo quedó increiblemente suave, no se como definirlo bien, pero diría que quedó con muchísima elasticidad.

Y a partir de entonces empecé a sufrir yo, para que no le pasara nada, y ello me llevó poco a poco al convencimiento de que tenía que venderlo, muy a mi pesar. Y lo vendí, pero lo volveré a comprar; tarde o temprano volverá al redil…

Comentado por: Guillermo Iacona

por Guillermo Iacona

También puede interesarte...

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *