Vitello arrosto

El sábado tuvimos la oportunidad de disfrutar de un nuevo almuerzo en la sede de Victoria. Una nueva oportunidad de reglarnos ese trío que nos apasiona: buenas máquinas, buena comida y buenos amigos.
Desde temprano al mediodía comenzaron a llegar los socios, que después de estacionar sus máquinas en el empedrado de la playa llevaron sus conversaciones al bar, donde el ya-no-tan-improvisado barman sirvió unos tragos para acompañar la picada “a lo bar” y las cada vez más ricas bruschettas (delicias de esas para el aplauso, que prepara para nosotros Raquel, la mujer de Luis).
Esta vez el tradicional Spritz no fue manufacturado en forma individual sino en series cortas, lo que ofreció una muestra palpable de la creciente profesionalización del barman, y si se dice tradicional es porque esta vez el barman respetó escrupulosamente la receta milanesa: Aperol, jugo de naranja, espumante seco y un dash de agua carbonatada.
A eso de las 13 ya la animada concurrencia había dado cuenta de las vituallas; dicho en criollo: los amigos habían acabado con todo, de manera que llegó la hora de pasar al comedor, donde la charla fue dejando paso a la masticación, a partir de que Luis comenzó a servir el asado, que Raquel acompañó con un par de frescas y ricas ensaladas.
Más allá de que algunos puristas hayan expresado sus dudas de que el Dante hubiera aprobado el menú, la verdad es que el asado había sido preparado con afecto, paciencia y tiempo, elementos que, como todos sabemos, son imprescindibles para hacer un buen asado. Decir que la carne estaba tierna suena a poco, era “una manteca”. Si bien ningún comensal podría poner en duda que el asado estaba delicioso, particularmente el vacío, es cierto que dicho así no suena muy itálico, pero si decimos “Vitello arrosto” la cosa tiene otro color.
Acompañante de lujo, el siempre excelente Malbec de los amigos de Bodegas Robino. Y no es exagerado afirmar que cada vez está más rico ese vino, porque de hecho todos pudimos comprobarlo. Ricos panes, gaseosas y aguas minerales (disculpemos a los abstemios) se agregaron para que la comida se desarrollara con buen ritmo y agradable cadencia. Luis probó ser un maestro del timing en ese sentido.
El postre fue magnífico: Brownie tibio con helado de crema. El Brownie, una delicia más, obra de las manos privilegiadas de Raquel. Después café y una charlita para comentar algunas incidencias sobre el tema de la sede y para ofrecer a los socios las entradas para Autoclásica.
Después de una semana con lluvia y frío alternativos, el sábado fue un día tan lindo que el barman se descapotó para llegar y se fue descapotado. Marco espectacular para una jornada realmente preciosa. Como dijimos al inicio: buenas máquinas, buena comida y buenos amigos, hacen un día perfecto.

por Francisco Yantorno

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